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Más opciones en hamburguesas: The Burger Company

Ojo que estas son hamburguesas de lujo, y se sirven (por ahora) en un único local situado en Palermo. Digamos que trata de echar por tierra el concepto de comida chatarra que rodea a las cadenas de hamburgueserías, aplicando los conocimientos de Tomás Caruso, un gastronómico con muchos años de experiencia parrillera ganada en Solomía y Gianna Trattoría

Ya veremos cómo es la cosa cuando vayamos personalmente, pero en principio, lo que nos cuentan parece interesante. Entre las creaciones exclusivas de The Burger Company se destacan la hamburguesa sin pan, que se sirve envuelta en hojas de lechuga crujiente; otra de salmón y brie, y otra hecha sólo de garbanzos. Los aditamentos son panceta, cebolla caramelizada, queso azul, muzzarella rebozada, pollo, etc. Todo muy gourmet.

La decoración remonta al visitante a la película Grease por su onda años 50. Se puede optar por comer en la barra, en mesas individuales o redondas, en una mesa comunitaria o en espacios al aire libre, con galería y terraza. Al hacer un pedido se recibe un pager (o beeper), el cual vibra para avisar cuando el pedido está listo para ser retirado.

El nombre del restaurant está claramente pensado con intenciones de expansión, y el propio Caruso lo confirma: “tenemos el claro objetivo de expandirnos y tomar el formato de impecables franquicias, porque nuestras hamburguesas están generadas con estándares internacionales: todo se desarrolla en nuestra propia planta productiva”, explica quien se describe como impulsor del cambio de conciencia en la percepción del mercado hamburgueseril.

La dirección es Honduras 4733 (Palermo, CABA)
Su página web: www.theburgerco.com.ar
Y su Facebook: theburgercobsas

Está abierto todos los días 12 a 24 y el gasto promedio se estima en $130

Ya veremos cómo nuestros expertos en hamburguesas lo comparan contra las cadenas tradicionales, como Mc Donalds, Burger King o Mostaza.

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El Tano Piadinería, de Italia a Mendoza

La piadina es una masa redonda y finita, situada a mitad de camino entre un panqueque y una tortilla mexicana. Es originaria del norte de Italia, y se rellena con lo que uno quiera, pero después de cocinarse (a diferencia del canelón, que se cocina con relleno y todo). La piadina se tuesta un poco y, antes de que se ponga dura del todo, se le coloca el relleno y se pliega como un crépe.

El único lugar en Argentina en donde se pueden comer auténticas piadinas italianas parece ser la Piadinería El Tano, en la bulliciosa avenida Arístides Villanueva, en la Ciudad de Mendoza. Justamente me encontraba paseando por esa avenida, buscando algún lu
gar que vendiera comida para llevar, consumible sin necesidad de cubiertos o vajilla. La piadina resultó ser la opción ideal, ya que no hace inchastre (a diferencia de lo que ocurriría, por ejemplo, con un taco mexicano) y es una comida bastante sana.

Mi opción de relleno fue la Piadina Venezia Premium, que incluye jamón, queso, lechuga, tomate, mayonesa y palta. Y la acompañé con una latita de Andes, la cerveza originaria de la región cuyana.

No fue fácil decidirme, ya que todas las opciones eran muy tentadoras. A continuación enumero las piadinas que me faltaron probar (y espero poder probarlas en un futuro viaje a Mendoza):

Piadina Palermo: jamón crudo, queso squacherone, rúcula, tomate y aceite de oliva.
Piadina Cesena: lomo de cerdo, queso cheddar, tomate y mayonesa.
Piadina Verona Premium: mozzarella, queso squacherone, roquefort, parmesano, provolone, rúcula y aceite de oliva.
Piadina Capri: mozzarella, tomate, albahaca y aceite de oliva.
Piadina Calabria: salame, queso squacherone, rúcula y aceite de oliva.
Piadina Bologna: extra Mortadela.
Crescione de Pollo: pollo, panceta, queso y salsa de tomate.
Crescione de Verdura: espinaca, Acelga, Muzzarella, parmesano.
Crescione de Chorizo: chorizo, jamón cocido, muzzarella, salsa de tomate.

En Buenos Aires vendría bien una piadinería en el microcentro, para dar a los oficinistas una opción de comida rápida y sana, para sus ajetreados mediodías.

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The Embers, en Martínez: comida rápida y bien yanqui

Era el día del padre, así que a mí me tocaba elegir a dónde iríamos a comer, y no habría lugar a objeciones. Hacía mucho que quería ir a The Embers. La última vez que había ido a comer allí habré tenido no más de diez años (o sea, hace mucho). Tenía dos recuerdos muy claros de mi niñez relacionados con The Embers: unas sillones de mimbre que colgaban del techo y permitían balancearse mientras uno comía, y las papas rejilla. Así fue como, guiado por el deseo de revivir esos recuerdos, llevé a todos a The Embers.

Cuando llegamos, las dos mesas que contaban con sillones de mimbre colgantes estaban ocupadas, así que al principio enfilamos hacia una mesa común y corriente. Pero en el preciso momento en que estábamos dejando paraguas y abrigos (el día del padre fue lluvioso y frío) vimos que una de las mesas con sillones colgantes se liberaba, así que rápidamente juntamos los paraguas y abrigos y tomamos posesión de la mesa deseada.

Fue un instante emotivo el sentarme en ese sillón colgante y revivir aquél recuerdo tan lejano. El segundo recuerdo (el de las papas rejilla) no lo pude revivir, pero no era tan importante.

A los chicos les encantaron los sillones colgantes, aunque en el caso de Pablo el encanto se esfumó después de un rato, cuando le empezó a resultar incómodo mantener el sillón quieto para comer tranquilo. Es que, como sus pies no llegaban al suelo, la única forma en que podía mantener el sillón quieto era agarrándose de la mesa, con lo cual debía comer con una mano y aferrarse a la mesa con la otra.

Hay que destacar una cosa de este lugar: hace honor al paradigma de la comida rápida. Todos los platos llegaron a la mesa unos pocos minutos después de ordenados. Y los nachos con cheddar probablemente hayan tardado apenas unos segundos. Los platos eran abundantes y su estilo, bien norteamericano. Hot-dogs, bacon (tocino o panceta), banderitas en la comida… todo estaba allí, haciendo revivir recuerdos de mi infancia. La calidad de la comida no era nada especial; las salchichas eran grandes, las porciones abundantes, las hamburguesas bien hechas, pero no había sabores delicados ni preparaciones esmeradas. Sólo faltaron las papas rejilla, vaya uno a saber por qué.

En mi caso, el plato elegido –chile con carne– fue más mexicano que estadounidense, pero fue una buena elección. Es que, con buen tino, supe que en los otros platos sobraría bastante comida como para que pudiera probar un poco de cada uno. Ahora, con respecto al chile con carne, tenía más aspecto de feijoada que de otra cosa… pero como nunca antes había comido chile con carne, no tengo elementos para juzgar si fue auténtico o no. En cualquier caso, estaba rico.

Cuando llegó la cuenta me di un pequeño susto, por que generalmente la comida rápida se asocia con precios bajos, pero en este caso no fue así. OK, era el día del padre y no nos habíamos privado de nada (además de los muchos y grandes platos, pedimos abundantes postres y café), pero confieso que la idea de ir a The Embers estaba, en mi caso, asociada con la de ir a comer a un lugar poco pretencioso y, por ende, económico. De todos modos no fue para arrepentirse, ya que el precio estuvo acorde con lo mucho y bien que comimos.

Y como epílogo, un hecho curioso: en el camino de salida del restaurante nos topamos con la ambulancia de Ghostbusters (quizás era una réplica, pero en todo caso era una muy bien hecha).
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