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Mostrando entradas con la etiqueta cocina española. Mostrar todas las entradas
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Almuerzo del día del padre en Tancat

Esta vez, para el día del padre no quisimos dejar nada librado al azar. Analizamos cuidadosamente cada opción por ubicación, distancia, tipo de comida, precios, medios de pago, etc. La opción elegida finalmente fue Tancat, un restaurante de cocina española (una tasca, podría decirse) muy elegante y muy bien puesto en una zona privilegiada de Martínez. En términos generales no nos decepcionó, excepto por algunos detalles...

Rabas y champignones a la plancha en Tancat
Rabas y champignones a la plancha
Algo en lo que no mintieron todos los comentarios que leímos acerca de Tancat es que los platos hacen honor a su origen español (incluso el inservible artículo de Pietro Sorba en la revista Viva). Rabas, champignones a la plancha, tortilla española (el mozo incluso nos preguntó en qué punto de cocción la queríamos), langostinos a la plancha, y hasta un plato de autor: setas rellenas con salmón ahumado y jamón crudo. Todos los platos estaban preparados con esmero, y si tenían algo para criticar, era por cuestión de gustos y no por defectos propios de la preparación.

Pero más allá de las preparaciones, encontramos en Tancat varias cosas que resultaron pequeñas pero no poco importantes decepciones. Vayamos por orden de importancia.

1. ¿Y la paella? ¿Dónde está la paella?
Si uno va a una tasca española, creo yo que lo menos que uno espera encontrar es paella. Más aún si uno acude en una fecha especial como el día del padre. Pero en Tancat, sólo se sirve paella los días jueves. Una verdadera lástima.

2. La comida se disfruta más sin empujones ni codazos
El salón de la planta baja es muy acogedor, muy bonito, siempre y cuando uno vaya a cenar tranquilamente un día de poca concurrencia (un miércoles, por ejemplo). Pero en un almuerzo del día del padre la situación es muy distinta. Hay grupos familiares numerosos, con niños y no tan niños caminando entre las mesas, mozos que deben transitar con dificultad entre los obstáculos... perdón, pero ese salón no es nada apto para albergar a grandes concurrencias.

3. Bebidas para los abstemios
Hay gente que no toma vino. Entiendo que en una verdadera tasca española eso es raro, pero en un restaurante de precios altos como Tancat, hay que tener en cuenta que habrá comensales que no querrán acompañar la comida con alcohol. Especialmente por que algunos tienen que manejar de regreso a sus hogares. Entonces, por favor, ofrezcan algo más que agua y gaseosas para esa pobre gente. Hay muchas opciones: agua saborizada, jugos, exprimidos, té helado, quizás algún licuado frutal...

El salón de Tancat: lindo, pero no espacioso
4. A ver si nos jugamos un poco más con los postres...
El menú de postres es muy básico. Flan, crema quemada, helados (con 4 ó 5 gustos para elegir), alguna opción más que ahora no me acuerdo, y pará de contar. Y, obviamente, todas esas opciones con precios muy altos. Raro, por que en la página de Facebook habíamos visto fotos de varios postres originales y tentadores, que en el menú no aparecen. Pasamos por alto el menú de postres, pedimos la cuenta y nos fuimos a Esencias & Sabores (frente a la estación Acassuso) donde tomamos unos cafés y licuados acompañados con mousse de maracuyá, muffins y cookies.

Una crítica más, y con esto ya los dejo tranquilos: el sitio web de Tancat (www.tancatrestaurante.com) necesita varias mejoras: no es apto para dispositivos móviles, está desactualizado e incompleto (hay links que llevan a cualquier lado) y hasta es des-informativo, por que muestra un menú que nada tiene que ver con el del restaurante. Sugerencia: denlo de baja y concéntrense en la página de Facebook, por que tener un sitio así es perjudicial para el negocio.

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Don Carlos, cocina española (anche italiana) en Almagro

En la esquina de Billinghurst y Valentín Gómez, el restaurante Don Carlos retoma su antiguo esplendor de la mano de nuevos dueños. Con clásicos contundentes, gustos exuberantes y el mismo equipo de camareros fieles de antaño, el tradicional restaurante porteño revive las épocas gloriosas de los ñoquis del 29, el jamón crudo recién cortado, las rabas, los mariscos y las pastas al gusto criollo.

Fachada restaurante Don Carlos
Don Carlos renovó su fachada y la luce con orgullo.
Con troupe de cocina renovada y puesta en valor del edificio, la carta exhibe con orgullo algunos hitos difíciles de encontrar: cochinillo a la segoviana, cazuela de cordero patagónico, chivito a la calabresa, mondongo a la española con patitas, paella a la valenciana, cazuela de pulpo español, ranas a la provenzal, tortilla española, como rescate de lo tradicional. De la parrilla, salen el bife de chorizo de exportación con brócoli al óleo, chivito deshuesado con papas rústicas al romero, grillado de pescados y mariscos con espinacas a la crema. Por supuesto, están los gloriosos ñoquis de papa, los sorrentinos, crepes, ravioles y spaghetti que los habitué reconocerían como íconos de todos los tiempos. Al final, los postres también son un homenaje al sabor local, con la crepe Vacalín, rellena de auténtico dulce de leche Vacalín; el flan de café con crumble de almendras; y el queso manchego acompañado por dulces artesanales.

Paella valenciana restaurante Don Carlos
Paella valenciana by Don Carlos.
Con su ambientación plena de maderas y camareros elegantes, Don Carlos lleva las paredes henchidas de famosos que probaron sus clásicos o se ganaron un ñoqui de oro como premio: figuras del espectáculo, el deporte y la cultura que miran desde los muros cómo, aunque el tiempo pase, los platos que valen la pena vuelven a renacer. Las épocas doradas donde reinaban los perfumes de la añorada cocina española, con huellas de italianidad y pizcas de picardía criolla, viven en el renovado restaurante Don Carlos, reflotado ahora con nueva pasión gastronómica.

Dirección: Billinghurst 450 (esquina Valentín Gómez)
Teléfono: 4864-5208
www.doncarlos.com.ar
Consumo promedio: $250. Abierto todos los días mediodía y noche. Estacionamiento sin cargo.

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Casal de Catalunya (San Telmo): varias grandes decepciones


Primera gran decepción: no es un bar de tapas, como se anuncia por todas partes (incluso en un cartel bien visible dentro del lugar, como puede apreciarse en la foto de la derecha). Al preguntarle a la moza si había opción de tapeo, nos dijo que pidiéramos cualquiera de las entradas que figuran en el menú. Sorry, pero eso no son tapas. Las entradas costaban como mínimo $50 cada una, y aparte cada una era un plato importante, no una cazuelita como corresponde a un tapeo.

Tras esa primera decepción, lo correcto hubiera sido levantarnos e ir a otro lado. Sin embargo, decidimos darle una segunda oportunidad. Tal vez no hubiera tapas, pero había platos típicos catalanes que se veían interesantes. Y carísimos. Pero habíamos ido a festejar el día de la madre, así que se justificaba gastar un poco más de lo normal. Además, nos recibieron con una copa (gratis) de champagne, y con ese gesto es como que nos ganaron un voto de confianza.

Comenzamos por unas rabas. No estaban mal. Digamos que estaban ricas. Después, pedimos una paella de fideos finos, llamada "fideua". Sonaba interesante... la verdad es que no conocíamos esta variante de paella, pero decidimos (o mejor dicho, decidí) arriesgarnos. Y el resultado no fue bueno. Para empezar, el precio de esta fideua era muy alto ($150), si bien era recomendada para 2 ó 3 personas. Después, cuando la empezamos a comer, vino la gran-gran decepción: notamos que los mariscos tenían arena, y algunos (principalmente los langostinos) no estaban bien cocidos. Muy mal.

Quizás si hubiésemos comido cochinillo, que es (según ellos mismo los anuncian) el mejor de Buenos Aires, no nos hubiéramos decepcionado tanto. Pero eso de que traigan al pobre chanchito con cabeza y todo a la mesa... qué se yo, no es muy de mi agrado.

Un aspecto positivo para destacar es que el lugar tiene una arquitectura muy interesante, y vale la pena recorrer sus salones para observar el esmero con que ha sido decorado y es mantenido.

La última gran decepción es que no tiene estacionamiento propio ni tiene acuerdos con ningún estacionamiento de la zona. De haberlo sabido antes no hubiera sido tan grande la decepción, pero lo cierto es que, cuando llamé para reservar la mesa, me dijeron que podía estacionar gratis en un estacionamiento particular de la zona. Así que dejé el auto ahí, para descubrir que el número al que llamé para reservar correspondía a otro restaurante, y el estacionamiento gratis correspondía a ese otro restaurante. Así fue que, además de pagar el alto costo de ese almuerzo no muy agradable, tuve que pagar tres horas de estacionamiento. En fin, cosas que pasan.

La conclusión general es que el Casal de Catalunya no es un lugar al que piense volver en esta vida.
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