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El Molino Restó Bar, en Martínez

El cartel de entrada sobre la calle Elcano
Cartel de entrada sobre la calle Elcano
Al principio uno duda antes de entrar, por que la entrada sobre la calle Elcano (en algún punto entre Perú y Alvear) no da mucha certeza de ser el ingreso a un lugar público. Hay que atravesar un puentecito rústico de madera hasta llegar al primero de los varios ambientes en que está dividido este lugar. Pero una vez que uno se anima a cruzar el puentecito, el lugar invita a ser recorrido hasta llegar al fondo, que es nada menos que un extenso parque con pasto bien cortado y lindante con el río.


Ambiente techado y sin paredes
Ambiente techado y sin paredes
Se puede optar por ubicarse en el sector del living con sus sillones y su barra -ideal para charlas íntimas y tranquilas-, en una mesa en uno de los ambientes principales -hay uno cerrado y otro descubierto-, o dirigirse a la terraza desde donde se contempla una vista privilegiada de la costa ribereña. Nosotros optamos por esta última opción, siendo una verdadera recompensa por habernos animado a cruzar el puentecito de la entrada.

La rústica y ribereña terraza
Fuimos por la tarde con la idea de merendar, con lo cual no estamos en condiciones de comentar sobre los platos que se sirven en el almuerzo o cena. Pero sí podemos opinar sobre la abundancia de opciones de merienda: picadas, pastelería, sandwiches, cafés variados, tragos variados, etc.

Nuestras opciones incluyeron brownies, nachos, tostado de jamón y queso, cafés y gaseosas. Ciertamente nos dejaron muy satisfechos, y nos propusimos volver en una futura ocasión para cenar o almorzar. La atención de la moza fue muy amable, y un detalle importante: el hecho de habernos ubicado en el sector más alejado del restaurante no hizo que la atención fuera menos dedicada que si nos hubiéramos quedado en uno de los ambientes principales (cosa que suele ocurrir en restaurantes muy sectorizados).


El extenso parque y las canoas
Merienda con vista al río
Al márgen de la parte gastronómica, El Molino ofrece opciones para los amantes de los deportes acuáticos como windsurfing, kite-surfing y kayaking, con la posibilidad de alquilar implementos para practicar estos deportes e incluso tomar clases con cultores experimentados de las mencionadas disciplinas.

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Carlitos de Villa La Ñata: arranque en falso

-- Actualización 14/02/2018: CERRADO --

Carlitos de Villa La Ñata, emplazado en un lugar privilegiado.
Todo empezó en el Carlitos de Pacheco. Mientras le dábamos curso a unos regios panqueques con frutillas y crema, vimos un folletito en la mesa que anunciaba la apertura de una nueva  sucursal de Carlitos en Villa La Ñata como parte de un flamante paseo comercial. Se veía por demás interesante... además de la sucursal de Carlitos, había varios puestos de venta de cosas diversas, alquiler de kayaks y bicis, etc.

Al volver a casa, lo googleamos y vimos fotos de una inauguración hecha a todo trapo del simpático paseo comercial hecho con puestos de madera que se asoman al canal. Evidentemente, Villa La Ñata dejó de ser el pueblo olvidado del mundo que solía ser hace unos años. Ya teníamos plan para el domingo siguiente.

Al llegar, las cosas resultaron ser un poco diferentes de como lo habíamos imaginado (y visto). El paseo comercial tenía sólo cuatro puestitos además del local de Carlitos. Claro, las fotos que habíamos visto eran simulaciones digitales, no fotos reales, tan bien hechas que engañaban al ojo más entrenado.

Pero dejando de lado el paseo comercial, había un problema más grave: la sucursal de Carlitos fue abierta en forma claramente prematura. ¿Por qué? Paso a detallar.

Atardecer junto al río y canoas navegando.
Una moza evidentemente estresada se disculpaba continuamente de que habían abierto el día anterior, por lo cual afrontaban toda clase de inconvenientes. Por ejemplo, no tenían máquina de café, ni tampoco una batidora para la crema. "Habría que batir la crema a mano, pero tardarían mucho", explicó para excusarse de que el panqueque con banana, dulce de leche y crema tendría que ser sólo de banana y dulce de leche.

El licuado de frutillas, banana y naranja llegó mucho después de que habíamos liquidado los panqueques. La excusa de la excesiva demora fue que el muchacho de la cocina todavía no estaba muy ducho en sus tareas. Probablemente estaba más estresado que la moza. Sin embargo, había como mucho cinco mesas ocupadas, o sea, no había razón para estresarse, pienso yo...

El Paseo de Compras de Villa La Ñata ofrece alquiler de kayaks.
Una lástima, por que el lugar es maravilloso, ideal para tomar algo mientras se ve al sol ponerse tras los frondosos árboles del lado de Dique Luján, observando alguna canoa recorrer apaciblemente el curso de agua (aunque mientras escribía en mi mente estas líneas, pensaba: bienaventurados los sordos, que no perciben la cumbia furiosa de los campistas apostados a la vera del río).

De todos modos, planeamos volver. No importa que hayan arrancado tropezando, es de esperar que, pasado algún tiempo desde la inauguración, consigan todos los artefactos que  les faltan y el personal esté más entrenado y menos estresado.



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La Ventola, en Martínez

Si bien no somos habitués, tampoco es la primera vez que visitamos este lugar, por lo cual estamos en condiciones de recomendarlo con conocimiento de causa. No es un lugar nuevo; de hecho hace casi 20 años que está ahí, al cabo de los cuales ha construido un estilo y una tradición propios.

Se llega descendiendo la barranca de la calle Alvear y girando unos metros a la izquierda luego de cruzar las vías del Tren de la Costa (la dirección precisa es Elcano al 1700). Hay una estación de tren cerca, pero ahora no recuerdo cuál es.

Podría decirse que La Ventola es un establecimiento multifunción: es un restaurante para ir con la familia a almorzar un domingo; también es un restaurante para ir a cenar en pareja o con amigos en un ambiente íntimo; también es un bar y boliche para ir por la noche a tomar unos tragos, escuchar una banda en vivo o bailar.

Lo mejor que tiene, para mi gusto, es la vista del río y el aprovechamiento de ese parque costero en el que uno se puede tirar a tomar sol después de almorzar mientras mira los barcos pasar; los chicos pueden corretear y jugar en hamacas y toboganes, o incluso se puede llegar remando en una canoa o bote, comer algo y luego continuar la travesía náutica. Lógicamente, hay mesas afuera, resguardadas con sombrillas por si el sol se muestra muy agresivo.

A tono con la proximidad del río, la decoración del lugar responde obedientemente a un estilo marinero. Por donde se mire, hay cuadros de viejos capitanes de navíos, veleros a escala, timones, ojos de buey, velas y toda clase de elementos náuticos. Todo muy bien cuidado y conservado. Incluso la madera oscura presente en muebles y revestimientos hace pensar que uno se encuentra dentro de algún antiguo barco.

En cuanto a la comida... nosotros siempre fuimos en fin de semana al mediodía, con lo cual conocemos solamente el menú de almuerzo, el cual es más bien sencillo. No hay una gran variedad de platos, y éstos no son pretenciosos (cosa que, a mi juicio, es un punto a favor). Parrilla, pastas, minutas, algunos mariscos, y no mucho más. En cuanto a postres, nos sorprendió una gigantesca porción de cheese cake con frutos rojos que nos dejó satisfechos a los cuatro. Los precios no son ni muy altos ni muy bajos, y las porciones son abundantes sin exagerar (excepto por el cheese cake, que sí era enorme).

En conclusión, es un lugar que nunca nos ha defraudado, por lo que seguiremos yendo siempre que el clima invite a pasar un mediodía o una noche almorzando o cenando junto al río.
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