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El Molino Restó Bar, en Martínez

El cartel de entrada sobre la calle Elcano
Cartel de entrada sobre la calle Elcano
Al principio uno duda antes de entrar, por que la entrada sobre la calle Elcano (en algún punto entre Perú y Alvear) no da mucha certeza de ser el ingreso a un lugar público. Hay que atravesar un puentecito rústico de madera hasta llegar al primero de los varios ambientes en que está dividido este lugar. Pero una vez que uno se anima a cruzar el puentecito, el lugar invita a ser recorrido hasta llegar al fondo, que es nada menos que un extenso parque con pasto bien cortado y lindante con el río.


Ambiente techado y sin paredes
Ambiente techado y sin paredes
Se puede optar por ubicarse en el sector del living con sus sillones y su barra -ideal para charlas íntimas y tranquilas-, en una mesa en uno de los ambientes principales -hay uno cerrado y otro descubierto-, o dirigirse a la terraza desde donde se contempla una vista privilegiada de la costa ribereña. Nosotros optamos por esta última opción, siendo una verdadera recompensa por habernos animado a cruzar el puentecito de la entrada.

La rústica y ribereña terraza
Fuimos por la tarde con la idea de merendar, con lo cual no estamos en condiciones de comentar sobre los platos que se sirven en el almuerzo o cena. Pero sí podemos opinar sobre la abundancia de opciones de merienda: picadas, pastelería, sandwiches, cafés variados, tragos variados, etc.

Nuestras opciones incluyeron brownies, nachos, tostado de jamón y queso, cafés y gaseosas. Ciertamente nos dejaron muy satisfechos, y nos propusimos volver en una futura ocasión para cenar o almorzar. La atención de la moza fue muy amable, y un detalle importante: el hecho de habernos ubicado en el sector más alejado del restaurante no hizo que la atención fuera menos dedicada que si nos hubiéramos quedado en uno de los ambientes principales (cosa que suele ocurrir en restaurantes muy sectorizados).


El extenso parque y las canoas
Merienda con vista al río
Al márgen de la parte gastronómica, El Molino ofrece opciones para los amantes de los deportes acuáticos como windsurfing, kite-surfing y kayaking, con la posibilidad de alquilar implementos para practicar estos deportes e incluso tomar clases con cultores experimentados de las mencionadas disciplinas.

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El Tano de Avellaneda: imposible quedarse con hambre

Por una vez, este cronista sale del habitual circuito gastronómico de Zona Norte para relatar una cena en el mítico Tano de Avellaneda. La experiencia amerita el largo viaje hasta el sur del conurbano bonaerense. De todos modos no es tan lejos; apenas hay que cr
uzar el puente Pueyrredón, agarrar Av. Belgrano hasta Güemes, ahí doblar a la derecha y buscar dónde estacionar.

A lo del Tano de Avellaneda hay que ir con algo de plata y mucha, pero mucha, hambre. Y si se va un jueves, viernes o sábado, hay que ir con una reserva y, aún así, con pacie
ncia para esperar hasta que se libere una mesa. Ah, y además, hay que ir con un grupo de gente dispuesta a comer mucho, pasarla bien y vivir una experiencia gastronómica desmesurada, al mejor estilo de los banquetes de la aldea gala de Asterix y Obelix.

Lo de la paciencia es solamente para esperar a sentarse, puesto que una vez que se consigue una mesa, ya no es necesario esperar más. Enseguida aparecerá el Tano o alguna moza o mozo para dejar en la mesa una bandeja repleta de comida. Las preguntas serán mínimas: sólo querrán saber acerca de las bebidas a ordenar y qué clase de acompañamiento (papas fritas, ensalada, morrones, berenjenas…) prefieren. Lo siguiente será un constante fluir de bandejas con manjares parrilleros propios de los dioses romanos.

Las bandejas contendrán chinchulines en su punto perfecto; churrasquitos de bondiola con crema de mostaza; churrasquitos de lomo con muzzarella, y la pièce de résistance (a mi criterio, por lo menos): matambre a la pizza coronado con un huevo frito. Para los más tradicionalistas, también hay asado/vacío de esos que se deshacen en la boca, y algunas otras cosas que escapan a mi memoria.

Cuando todos los comensales dicen basta, después de haberse aflojado el cinturón y desabrochado el pantalón, recién ahí termina el desfile de bandejas repletas de comida. Pero claro, falta el postre. Los postres son los clásicos de una parrilla de barrio: flan, helado, y una opción interesante para los que no tienen que manejar luego de la cena: Don Pedro.

El restaurante cuenta con DJ propio que, cada tanto, interrumpe la música de fondo para hacer sonar el feliz cumpleaños en honor a algún comensal; canción que corean todas las mesas aún sin tener idea del nombre del cumpleañero. Alrededor de la medianoche, cuando en la mayoría de las mesas cesó el desfile de bandejas y la graduación alcohólica en la sangre de la gente está en su punto óptimo, muchos se aburren de estar sentados y se ponen a bailar en los estrechos espacios entre las mesas.

El epílogo es una regia copa de helado de limón con champagne; ideal para refrescar el estómago luego de una tremenda ingesta cárnica. Luego de eso, a pedir la cuenta, decirle al menos borracho que calcule cuánto tiene que poner cada uno, pagar y salir a las húmedas calles de avellaneda a tratar de encontrar el camino de regreso a casa.

Un consejo: no hay que desafiar al Tano haciendo alardes de tener un estómago a toda prueba. Hay que ir con la idea de que, en algún momento, habrá que rogarle que deje de traer comida a la mesa. De lo contrario, las consecuencias pueden ser desastrosas.
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Miradas al Río, café y restó en Pacheco

Un café al lado de la playa (de estacionamiento)
Pero... ¿y el río? OK, no hay río, pero el nombre le queda bien igual. Se trata de un café/restó sencillo, ubicado en la playa de estacionamiento del Carrefour de Pacheco. Está interesante para ir a picar o tomar algo cuando uno sale de hacer las compras al mediodía o a la tardecita, después de colocar el contenido del changuito en el baúl del auto (siempre y cuando no haya víveres que tengan que mantener la cadena de frío).

A pesar de que el entorno no lo ayuda --ya que la playa de estacionamiento del súper no es precisamente un paisaje como para impresionar a una dama--, Miradas al Río es un lugar de esos que invitan. Por que ya desde afuera se nota que adentro se respira un ambiente acogedor. Y no es sólo una sensación.

Fuimos un sábado a eso de las 4 de la tarde, con intenciones de almorzar. A pesar de la hora, el dueño no tuvo ningún inconveniente en preparar lo que fuera necesario para ofrecernos el almuerzo. Las opciones de platos no fueron precisamente variadas, pero lo que faltó en variedad sobró en amabilidad y buena disposición.

Nuestras preferencias fueron simples: milanesa de pollo, tostado de jamón y queso en figazza, ensalada, algo más que no me acuerdo, gaseosas y agua saborizada. Al poco rato llegó el pedido, pero sin el tostado de jamón y queso. Supusimos que tardaría un poco más. Pero no era eso.

Un rato después, el dueño nos pasó por al lado con un gesto de duda y nos preguntó si faltaba algo. Antes de que le respondiéramos recordó el tostado. Nos pidió millones de disculpas por el olvido. Al rato nos trajo el tostado aclarando que no nos lo cobraría, y además nos invitó dos cafés. De más está decir que nos quedamos felices de ver tanta amabilidad, y me dio ganas de volver y hasta de hacerme habitué.

La luz vespertina entra por ventanales orientados al Oeste.
Además de la amabilidad y el buen ambiente, hubo otros detalles que sumaron atractivo a Miradas al Río. El primero fue la música. Las canciones de “Fiebre de sábado por la noche” por sí solas me trajeron recuerdos de mi preadolescencia, pero al ver que el dueño la hacía sonar desde un disco de vinilo, por poco se me cae un lagrimón. Hasta pude recordar cuáles eran los temas que encabezaban el lado A y el lado B del disco.

El otro detalle fueron los enchufes de electricidad situados abajo de cada mesa. Teniendo en cuenta que el local cuenta con servicio de Wi-Fi, la disponibilidad de muchos enchufes es un plus importante para quienes cuentan con notebooks con escasa autonomía.

Los cafés y el sandwich fueron gratis, pero no faltó esmero en su preparación. Ahora es cuestión de conseguirme una excusa para pasar por el centro de Pacheco con algo de tiempo para recalar en Miradas al Río y disfrutar otro café y tostado, aún cuando tenga que pagarlos.

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Carlitos de Villa La Ñata: arranque en falso

-- Actualización 14/02/2018: CERRADO --

Carlitos de Villa La Ñata, emplazado en un lugar privilegiado.
Todo empezó en el Carlitos de Pacheco. Mientras le dábamos curso a unos regios panqueques con frutillas y crema, vimos un folletito en la mesa que anunciaba la apertura de una nueva  sucursal de Carlitos en Villa La Ñata como parte de un flamante paseo comercial. Se veía por demás interesante... además de la sucursal de Carlitos, había varios puestos de venta de cosas diversas, alquiler de kayaks y bicis, etc.

Al volver a casa, lo googleamos y vimos fotos de una inauguración hecha a todo trapo del simpático paseo comercial hecho con puestos de madera que se asoman al canal. Evidentemente, Villa La Ñata dejó de ser el pueblo olvidado del mundo que solía ser hace unos años. Ya teníamos plan para el domingo siguiente.

Al llegar, las cosas resultaron ser un poco diferentes de como lo habíamos imaginado (y visto). El paseo comercial tenía sólo cuatro puestitos además del local de Carlitos. Claro, las fotos que habíamos visto eran simulaciones digitales, no fotos reales, tan bien hechas que engañaban al ojo más entrenado.

Pero dejando de lado el paseo comercial, había un problema más grave: la sucursal de Carlitos fue abierta en forma claramente prematura. ¿Por qué? Paso a detallar.

Atardecer junto al río y canoas navegando.
Una moza evidentemente estresada se disculpaba continuamente de que habían abierto el día anterior, por lo cual afrontaban toda clase de inconvenientes. Por ejemplo, no tenían máquina de café, ni tampoco una batidora para la crema. "Habría que batir la crema a mano, pero tardarían mucho", explicó para excusarse de que el panqueque con banana, dulce de leche y crema tendría que ser sólo de banana y dulce de leche.

El licuado de frutillas, banana y naranja llegó mucho después de que habíamos liquidado los panqueques. La excusa de la excesiva demora fue que el muchacho de la cocina todavía no estaba muy ducho en sus tareas. Probablemente estaba más estresado que la moza. Sin embargo, había como mucho cinco mesas ocupadas, o sea, no había razón para estresarse, pienso yo...

El Paseo de Compras de Villa La Ñata ofrece alquiler de kayaks.
Una lástima, por que el lugar es maravilloso, ideal para tomar algo mientras se ve al sol ponerse tras los frondosos árboles del lado de Dique Luján, observando alguna canoa recorrer apaciblemente el curso de agua (aunque mientras escribía en mi mente estas líneas, pensaba: bienaventurados los sordos, que no perciben la cumbia furiosa de los campistas apostados a la vera del río).

De todos modos, planeamos volver. No importa que hayan arrancado tropezando, es de esperar que, pasado algún tiempo desde la inauguración, consigan todos los artefactos que  les faltan y el personal esté más entrenado y menos estresado.



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Restaurante García - Carrasco, Montevideo, Uruguay


Fachada del restaurante García, tomada en una noche lluviosa.
Fachada del Restaurante García, tomada en una noche lluviosa.
Primero que nada: ¿“García”? ¿En serio? No tengo nada contra los García, pero podrían haber buscado un nombre más original. Al margen del nombre, el lugar es elegante y con buenos platos (carnes, pastas, pescados, etc.). Y caro. Realmente no sé qué tan caro, por que para los argentinos que viajamos al exterior es difícil saber cuánto cuestan las cosas. Por el asunto del cepo cambiario y todo eso. Pero yo hacía la conversión al tipo de cambio que vi en el aeropuerto, y todo me parecía demasiado caro. Por suerte no tenía mucha hambre.

Según el tipo de cambio del aeropuerto, casi todos los platos superaban los 100 pesos argentinos, y eso para mí es demasiado. Buscando lo más económico del menú, me encontré con la pizza.

Las opciones de pizza me trajeron remembranzas de mi niñez, cuando pasaba los veranos en Uruguay. Recuerdo que había dos opciones de pizza: pizza (o sea, masa con salsa de tomate) y pizza con muzzarella (masa, salsa de tomate y muzzarella). Bueno, desde entonces las cosas cambiaron un poco. Había cuatro opciones: pizza, pizza con gusto, pizza con muzzarella, y pizza con muzzarella y gusto.

Pizza con jamón y morrones - Restaurante García
Pizza cuadrada y recuerdos de antaño

Opté por esta última opción. Al fin y al cabo, si voy a comer pizza, mejor que sea con gusto... El mozo me explicó que lo de “gusto” podía traducirse en jamón, palmitos, aceitunas, morrones, etc. Mi opción fue jamón y morrones. Y para tomar, un “liso” (que en uruguayo significa “vaso de cerveza”).

La porción cuadrada de pizza –cuya forma también me traía reminiscencias de las vacaciones de mi niñez– podría decirse que me llenó. Pero me quedaba algo de espacio para un postre, por lo que llamé al mozo y le pedí un flan de coco y un café. El flan de coco resultó algo empalagoso para mi gusto, pero igualmente rico.

Postre (flan de coco) y café.
Postre (flan de coco) y café
Con postre y todo, la cuenta ascendió como a 380 pesos uruguayos. Tuve la suerte de poder pagar con tarjeta de crédito y que no me la rechazaran por falta de fondos. Cuando después miré el resumen de la tarjeta observé que esos 380 pesos uruguayos se habían traducido en poco menos que 20 dólares. Lo cual resultó menos caro de lo que pensaba. Quizás en un próximo viaje tenga la oportunidad de volver y pedir algún plato un poco más sofisticado que una simple porción de pizza.
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Yoko’s, comida oriental en Maschwitz

Es lógico ir con desconfianza a comer comida oriental a un restaurante en el que no se ve ni a un solo chino o japonés. Por suerte, en este caso la desconfianza fue infundada, ya que tanto el chow-mein como los arrolladitos primavera y el sushi que comimos no tenían nada que envidiarle a los platos equivalentes que se pueden encontrar en restaurantes auténticamente chinos o japoneses.

Pero seamos francos. La verdadera razón por la que decidimos a comer en Yoko’s fue un argumento de peso cuando se está en plan de gastar poco: los chicos comen gratis. Así como suena. Los fines de semana al mediodía, los chicos hasta 11 años pueden comer sin pagar, pudiendo elegir entre patitas de pollo con papas fritas en forma de caritas, y chow-mein (fideos salteados) con pollo o carne. En nuestro caso optamos por el chow-mein, que a pesar de ser gratis, estaba preparado con mucho esmero. Y como era bastante abundante para Pablito (el único beneficiario de la promoción, ya que todos los demás tenemos más de 11 años), lo terminamos comiendo entre todos.

A la hora de los postres, la lista de opciones no es muy llamativa, y hasta la misma moza lo reconoció. Nos pedimos dos bochas de helado para repartir entre los cuatro, que resultaron ser diminutas, pero ricas (parecía helado de Munchi’s, lo cual es muy posible, dada la proximidad con Escobar).

La ubicación: Yoko’s se encuentra dentro de una especie de “shopping rústico” llamado Mercado de Maschwitz. Es un sitio curioso, en donde la palabra “vintage” está omnipresente, tanto implícita como explícitamente. El lugar quiere parecerse a los pintorescos y laberínticos caseríos de la Boca; solo que las construcciones de la Boca tienen cientos de años, y las del Mercado de Maschwitz probablemente no tengan más de un año. Y se ve que al shopping le va bien, por que se está extendiendo con nuevos locales y pasillos que lo harán aún más laberíntico de lo que es ahora.

Además de Yoko’s, el Mercado de Maschwitz tiene otras ofertas gastronómicas, como por ejemplo Ley Primera, una parrilla cuya ambientación vale la pena una visita, aunque sea para comer sólo un choripán.


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The Embers, en Martínez: comida rápida y bien yanqui

Era el día del padre, así que a mí me tocaba elegir a dónde iríamos a comer, y no habría lugar a objeciones. Hacía mucho que quería ir a The Embers. La última vez que había ido a comer allí habré tenido no más de diez años (o sea, hace mucho). Tenía dos recuerdos muy claros de mi niñez relacionados con The Embers: unas sillones de mimbre que colgaban del techo y permitían balancearse mientras uno comía, y las papas rejilla. Así fue como, guiado por el deseo de revivir esos recuerdos, llevé a todos a The Embers.

Cuando llegamos, las dos mesas que contaban con sillones de mimbre colgantes estaban ocupadas, así que al principio enfilamos hacia una mesa común y corriente. Pero en el preciso momento en que estábamos dejando paraguas y abrigos (el día del padre fue lluvioso y frío) vimos que una de las mesas con sillones colgantes se liberaba, así que rápidamente juntamos los paraguas y abrigos y tomamos posesión de la mesa deseada.

Fue un instante emotivo el sentarme en ese sillón colgante y revivir aquél recuerdo tan lejano. El segundo recuerdo (el de las papas rejilla) no lo pude revivir, pero no era tan importante.

A los chicos les encantaron los sillones colgantes, aunque en el caso de Pablo el encanto se esfumó después de un rato, cuando le empezó a resultar incómodo mantener el sillón quieto para comer tranquilo. Es que, como sus pies no llegaban al suelo, la única forma en que podía mantener el sillón quieto era agarrándose de la mesa, con lo cual debía comer con una mano y aferrarse a la mesa con la otra.

Hay que destacar una cosa de este lugar: hace honor al paradigma de la comida rápida. Todos los platos llegaron a la mesa unos pocos minutos después de ordenados. Y los nachos con cheddar probablemente hayan tardado apenas unos segundos. Los platos eran abundantes y su estilo, bien norteamericano. Hot-dogs, bacon (tocino o panceta), banderitas en la comida… todo estaba allí, haciendo revivir recuerdos de mi infancia. La calidad de la comida no era nada especial; las salchichas eran grandes, las porciones abundantes, las hamburguesas bien hechas, pero no había sabores delicados ni preparaciones esmeradas. Sólo faltaron las papas rejilla, vaya uno a saber por qué.

En mi caso, el plato elegido –chile con carne– fue más mexicano que estadounidense, pero fue una buena elección. Es que, con buen tino, supe que en los otros platos sobraría bastante comida como para que pudiera probar un poco de cada uno. Ahora, con respecto al chile con carne, tenía más aspecto de feijoada que de otra cosa… pero como nunca antes había comido chile con carne, no tengo elementos para juzgar si fue auténtico o no. En cualquier caso, estaba rico.

Cuando llegó la cuenta me di un pequeño susto, por que generalmente la comida rápida se asocia con precios bajos, pero en este caso no fue así. OK, era el día del padre y no nos habíamos privado de nada (además de los muchos y grandes platos, pedimos abundantes postres y café), pero confieso que la idea de ir a The Embers estaba, en mi caso, asociada con la de ir a comer a un lugar poco pretencioso y, por ende, económico. De todos modos no fue para arrepentirse, ya que el precio estuvo acorde con lo mucho y bien que comimos.

Y como epílogo, un hecho curioso: en el camino de salida del restaurante nos topamos con la ambulancia de Ghostbusters (quizás era una réplica, pero en todo caso era una muy bien hecha).
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