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Don Carlos, cocina española (anche italiana) en Almagro

En la esquina de Billinghurst y Valentín Gómez, el restaurante Don Carlos retoma su antiguo esplendor de la mano de nuevos dueños. Con clásicos contundentes, gustos exuberantes y el mismo equipo de camareros fieles de antaño, el tradicional restaurante porteño revive las épocas gloriosas de los ñoquis del 29, el jamón crudo recién cortado, las rabas, los mariscos y las pastas al gusto criollo.

Fachada restaurante Don Carlos
Don Carlos renovó su fachada y la luce con orgullo.
Con troupe de cocina renovada y puesta en valor del edificio, la carta exhibe con orgullo algunos hitos difíciles de encontrar: cochinillo a la segoviana, cazuela de cordero patagónico, chivito a la calabresa, mondongo a la española con patitas, paella a la valenciana, cazuela de pulpo español, ranas a la provenzal, tortilla española, como rescate de lo tradicional. De la parrilla, salen el bife de chorizo de exportación con brócoli al óleo, chivito deshuesado con papas rústicas al romero, grillado de pescados y mariscos con espinacas a la crema. Por supuesto, están los gloriosos ñoquis de papa, los sorrentinos, crepes, ravioles y spaghetti que los habitué reconocerían como íconos de todos los tiempos. Al final, los postres también son un homenaje al sabor local, con la crepe Vacalín, rellena de auténtico dulce de leche Vacalín; el flan de café con crumble de almendras; y el queso manchego acompañado por dulces artesanales.

Paella valenciana restaurante Don Carlos
Paella valenciana by Don Carlos.
Con su ambientación plena de maderas y camareros elegantes, Don Carlos lleva las paredes henchidas de famosos que probaron sus clásicos o se ganaron un ñoqui de oro como premio: figuras del espectáculo, el deporte y la cultura que miran desde los muros cómo, aunque el tiempo pase, los platos que valen la pena vuelven a renacer. Las épocas doradas donde reinaban los perfumes de la añorada cocina española, con huellas de italianidad y pizcas de picardía criolla, viven en el renovado restaurante Don Carlos, reflotado ahora con nueva pasión gastronómica.

Dirección: Billinghurst 450 (esquina Valentín Gómez)
Teléfono: 4864-5208
www.doncarlos.com.ar
Consumo promedio: $250. Abierto todos los días mediodía y noche. Estacionamiento sin cargo.

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Ceviche y la cocina peruana-fusión

Solía despotricar contra el concepto gastronómico de "fusión", diciendo que era sólo un nombre para dar elegancia a ciertos estilos culinarios populares (cocina peruana, principalmente) y cobrar por ellos mucho más de lo que cobran sus cultores originales. Los restaurantes Ceviche, siendo un alto exponente del concepto de cocina peruana-fusión, eran buenos candidatos para determinar si mis críticas eran o no infundadas.
Restaurante Ceviche en La Aldea
Estilo rústico acorde a La Aldea

En el complejo La Aldea (cerca de El Sabio de Castilla) se encuentra una sucursal de Ceviche. Hacia allí nos dirigimos con un cupón de descuento que nos permitió disfrutar de una cena que de otro modo hubiera estado fuera de nuestro alcance.

Fue una de esas raras ocasiones en que pudimos salir a cenar sin los chicos. Era una noche fresca pero no mucho; ideal para cenar en una mesa al aire libre. En ese sentido, el local de Ceviche en La Aldea tiene un punto a favor: gran parte de sus mesas están en el exterior, en torno a un estanque lleno de plantas acuáticas con una suave iluminación. También en el exterior hay un deck techado, para que una noche lluviosa no arruine el plan de cenar al aire libre.

Estanque en Ceviche (Pilar)
El estanque con plantas y ranas
Los mozos (todos jóvenes y muy amables) no tardaron en acercarnos el extenso menú, en el que se ponía en evidencia el concepto de fusión: gran cantidad de platos tradicionales peruanos (y entre ellos, numerosas variantes de ceviche) con toques gourmet que justificaban sus elevados precios. Y en páginas aparte, unas cuantas opciones de sushi, algunas de invención propia.

Hubiese sido necesario un estómago y una billetera muy grandes para poder degustar una muestra significativa de esa variada carta, por lo que resolvimos elegir una entrada y un plato principal para compartir, dejando afuera las opciones "predecibles" (sushi y ceviche, básicamente) y prefiriendo platos con el potencial para sorprendernos. Así que de entrada pedimos unos langostinos "jumbo" empanados y acompañados por dos salsas, y de plato principal, pescado a la chorrillana con tacu tacu (arroz con frijoles).

Langostinos en Ceviche
Langostinos en shots con salsas
Los langostinos nos parecieron un verdadero logro del chef. El plato consistía en dos vasitos tipo "shot" llenos hasta la mitad, cada uno con una salsa diferente (una de maracuyá, muy dulce, casi una mermelada, y otra cremosa, con leche de coco). De cada vaso emergían dos enormes langostinos empanados y cocinados en el punto justo.

El pescado a la chorrillana resultó ser la definición misma de un plato bien balanceado: gran cantidad de ingredientes y condimentos combinados de tal forma que ninguno se imponía por sobre los demás, y se complementaban armoniosamente.

Pescado a la chorrillana en Ceviche
Pesca a la chorrillana
La carta de vinos fue una historia aparte. Los precios exorbitantes de las botellas estaban más o menos justificados por que eran todos vinos de alta gama. Hubiese estado bien que la carta incluyera un par de opciones no tan costosas (un Etchart Privado Torrontés, por ejemplo). No nos quedó más alternativa que pedir vino en copa, obligándonos a tomar el vino que el restaurante tuviera abierto. Resultó ser un blanco de bodegas Nieto Senetiner muy bueno (por su precio, no se podía esperar menos).

Helado de maracuyá con láminas de chocolate
Helado de maracuyá
De postre pedimos un helado de maracuyá con láminas de chocolate que resultó ser idéntico al que probamos hace un par de años en el restaurante Dashi (que también aplica el concepto de fusión, pero menos peruana). ¿Quién le habrá copiado a quién? ¿Le habrán robado al chef?

Opiniones de los comensales:

Gra: el pescado a la chorrillana con tacu tacu estaba muy rico, pero en definitiva era un filet de pescado con arroz. No tiene sentido el precio que lo cobran.

Gus: si bien salimos satisfechos de la cena, no dejo de pensar que lo de cocina peruana-fusión es una moda inventada para cobrar demasiado por platos populares. Nos queda pendiente ir a un auténtico restaurante peruano para comparar, aunque no tenga la ambientación, la atención, y probablemente la higiene, que se encuentra en un restaurante como Ceviche.

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Don Peperone, cocina internacional en Carrasco

Después de muchos viajes breves a Carrasco por cuestiones laborales, por fin tuve la oportunidad de ir con la familia de vacaciones. A la hora de salir a cenar, estuvimos evaluando opciones y finalmente optamos por lo seguro: Don Peperone, un restaurante visitado en anteriores viajes laborales, cuyos precios y calidad eran conocidos. Era hora de someterlo al juicio del resto de la familia.

Pastas Don Peperone
Las pastas
El nombre “Don Peperone” sugiere cocina predominantemente italiana, pero en su menú, además de pastas, se encuentran opciones de parrilla y cocina internacional. No faltan las opciones típicas de un restaurante uruguayo, como por ejemplo frankfurters y chivitos, además de las pizzas con gustos combinables. También hay un salad bar, al que le dedicamos un párrafo aparte (ver más abajo).

Los precios traducidos a dólares, aún con el beneficio del descuento que se aplica en Uruguay a las compras hechas por extranjeros con tarjetas de crédito, eran bastante elevados, por lo que tuvimos que evitar las opciones de parrilla y otros platos de costosa elaboración. Nuestras elecciones consistieron en cappellettis, sorrentinos y chivito canadiense al pan (para dos).

Primer punto a favor: los platos llegaron a la mesa unos pocos minutos después de pedidos. Apenas si nos dio tiempo para probar los pancitos calientes
con mayonesa a la provenzal que nos sirvieron para amenizar la espera (por suerte el mozo no retiró los pancitos ni la mayonesa al llegar con los platos, por lo que pudimos seguir disfrutándolos durante el resto de la cena).

Las pastas estaban en su punto justo y se notaba su naturaleza casera (segundo punto a favor). Sin embargo, los cappellettis parecían carecer de la manteca con la que los habíamos pedido. Digo “parecían” por que los comimos igual; es decir, si no tenían manteca, realmente mucha falta no les hacía, y estaban ricos de todos modos.

Chivito a la Don Peperone
Chivito a la Don Peperone
El chivito estaba bien: la carne era muy tierna (era lomo de verdad) y los demás ingredientes (pan, lechuga, tomate, huevo, panceta, papas fritas) la acompañaban armoniosamente. Sin embargo, no estaba a la altura de un chivito de chivitería, por que era muy “prolijo”; el chivito canadiense debe ser en cierta forma grosero en su abundancia y hasta en su preparación. Pero estaba realmente bien, no hay queja justificable.

En cuanto al salad bar, debemos decir que lo descubrimos tarde, pensando que se trataba simplemente de eso: una barra de ensaladas. Lo cierto es que la opción de salad bar tiene un precio fijo en el menú, y ofrece una gran cantidad de opciones frías y calientes (ensaladas, carnes, pastas, etc.), de las cuales se puede comer tanto como uno quiera. Y no sólo eso: ofrece también postres, todo por un precio único y fijo. Una pena que no lo hayamos descubierto antes. Pero queda como asignatura pendiente para un próximo viaje a Carrasco.

El lugar tiene gran cantidad de mesas, repartidas entre distintos ambientes que ofrecen grados variados de intimidad, tranquilidad o bullicio. Fuimos un viernes tarde (10 pm) y por suerte había pocas mesas ocupadas. Un dato importante es que cuenta con un par de rincones de juegos para que los chicos vayan cuando se aburren de estar en la mesa.

Salón de Don Peperone
Gran salón
Un dato interesante, que probablemente es algo habitual en los restaurantes de cierto nivel (es decir, de un nivel superior al de los sitios que solemos frecuentar): al momento de darle la tarjeta al mozo para que cobre la cuenta, éste me preguntó si estaba de acuerdo en que incluyera el “servicio” (es decir, la propina) en el cargo de la tarjeta. Le dije que sí y me agradeció vehementemente. Luego en el voucher de la tarjeta observé que había sumado un correcto 10 por ciento. Un detalle menor quizás, pero esta formalización de la propina es de gran ayuda, sobre todo cuando uno es turista y no cuenta con cambio chico de sobra en la moneda local.

Opiniones de los comensales:

Pablo: lo que más me gustó de Don Peperone fue que la comida estuvo rica. Hay un salón de juegos y la comida viene rápido.
Nacho: me gustó que todo llegara rápido, que todo fuera instantáneo y que la comida esté bien hecha.
Gra: muy bueno, el servicio fue muy rápido y la comida estuvo muy bien.
Gus: un restaurante de nivel, a la altura de Carrasco, y con precios razonables.

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Buddha BA, Asia en Buenos Aires

El Chinatown del barrio de Belgrano ofrece múltiples opciones para comer comida china, y son todas muy parecidas, con ligeras diferencias de precio y calidad. Pero en una esquina de este barrio aparece Buddha BA, un restaurante/casa de té que se diferencia por su espacio, su ambiente y el hecho de que se especializa en cocina asiática, no sólo china.

Una estatua del buda.
Para empezar, Buddha BA está contenido en una gran casa, no en un local comercial, como los demás restaurantes del barrio. Y al contar con ese espacio, se da el lujo de complementar su oferta gastronómica con una galería de arte que exhibe cultura oriental. A pesar de ocupar un inmueble de muchos metros cuadrados, el salón comedor del restaurante es más bien pequeño, conteniendo como mucho unas diez mesas (a esto se suman algunas mesas más en el exterior y un salón anexo que se abre para ir a tomar el té). Por ese motivo es conveniente contar con una reserva antes de ir a cenar un viernes o un sábado.

El ambiente es relajado, con una cuidada decoración en donde pueden verse imágenes de budas meditando y otros motivos asiáticos. Los mozos son argentinos pero conocen bien las opciones de la carta como para asesorar adecuadamente a los comensales. Y hablando de la carta, ésta es por demás escueta (como le gustaría al chef Gordon Ramsay) y con nombres curiosos. No aparecen los tradicionales platos chinos (chow-fan, chow-mien, chop-suey; con cerdo, con carne, con camarones, con pollo, mixto…) sino preparaciones originales y bien diseñadas.


Para nuestra cena, la elección no fue sencilla; de hecho, nos quedamos con ganas de probar unos cuantos platos que esperamos poder degustar en una próxima visita. Para mantenernos dentro de nuestro presupuesto, dejamos de lado los platos más costosos (a base de salmón o de langostinos) y decidimos pedir dos entradas para repartir entre los cuatro, y luego dos platos principales, también para los cuatro. Las entradas fueron Árbol de la vida (ravioles asiáticos de cerdo a la plancha) y Paté imperial (arrolladitos fritos de pollo y hongos), y los platos principales, Lágrimas de Buddha (fideos salteados con pollo, jengibre y verduras) y Jimbarambay (que suena a paraguayo pero sospecho que está mal escrito en el menú, seguramente se refiere a Jimbaran Bay, un paradisíaco lugar en Bali; el plato consiste en lomo cortado en trozos y salteado con ananá, salsa de ostras y papas crocantes).

Paté imperial.
El Árbol de la vida estaba hermosamente presentado: los ravioles estaban dispuestos como las hojas de un árbol dibujado en el plato, usando la reducción de salsa de soja como tinta, y con rodajitas de pepino simulando las raíces. Los arrollados que integraban el paté imperial se acompañaban con una salsa o caldo vietnamita de sabor exótico pero muy interesante. Los fideos salteados, ricos pero más bien convencionales en lo que a comida china se refiere, y el Jimbarambay no tenía desperdicio. Incluso el ananá que lo acompañaba resultaba sabroso hasta para quienes no disfrutan de acompañar con frutas a los platos salados.

Árbol de la vida.
No acompañamos la cena ni con vino ni con postres, ya que estos dos aspectos de la carta eran mínimos (y mi eterna condición de conductor designado me impedía ingerir alcohol). Tal vez por haber omitido el postre nos quedamos sin el té de cortesía que el mozo ofreció en otras mesas.

Y ahora, las opiniones individuales:

Pablín el pequeño: me gustó todo. Lo que más me gustó fueron los ravioles. El lugar era lindo y los mozos eran muy amables.

Gra la mamá: todos los platos estuvieron muy ricos y muy bien presentados, especialmente el árbol de la vida. La decoración está muy bien cuidada, se crea un clima íntimo. Los mozos son muy amables y atentos.

Nacho el adolescente: la comida es excelente, aunque la descripción de los platos no es convincente, no tiene suficiente detalle para decidir. Hay que arriesgarse si uno no conoce los platos, pero vale la pena el riesgo. El lugar estaba muy concurrido por parejas y personas mayores.

Gus el que suscribe: no es nada caro para el nivel del restaurante y resulta una excelente opción para quienes gustan de los sabores asiáticos. El chinatown de Belgrano es un lugar complicado para ir con auto; tuvimos suerte en encontrar un lugar para estacionar a pocos metros. Las opciones de postres son escasas, pero se puede optar por un helado Melona comprado en alguno de los comercios chinos de las inmediaciones.

Jimbarambay.
Ambiente relajado.

Lágrimas de Buddha.

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Se renueva el Palacio de la Papa Frita

Un pedazo de la historia de Buenos Aires inicia una nueva etapa: el empresario gastronómico argentino Ricardo Maidana, desafiando pronósticos y variables económicas adversas, adquirió este año una de las cadenas de restaurantes más importantes y emblemáticas de la ciudad, El Palacio de la Papa Frita. De esta manera se mantuvieron sus casi 200 puestos de trabajo y se pone en marcha el objetivo de resguardar la vigencia de una gran marca, que es parte de la vida y de la historia gastronómica porteña.

Papas Souffle Palacio de la Papa Frita
Papas Soufflé.
El Palacio de la Papa Frita, restaurante pionero de Buenos Aires, nació hace 60 años para imponer a sus papas soufflé y a su bife de chorizo con huevos como dignos representantes del auténtico sabor argentino. Ahora, el empresario Ricardo Maidana está planeando que El Palacio de la Papa Frita se lance como marca de franquicias, para atender pedidos de aperturas en el interior del país y en el extranjero. Por otra parte se planea la próxima apertura del Palacio 2015 en el centro porteño: un nuevo modelo del restaurante, con espacios y diseños innovadores, que mantendrán su esencia, pero sumarán las tendencias de la gastronomía moderna.

“El Palacio de la Papa Frita, debe seguir siendo el ícono que fue durante los últimos 60 años, por eso no podía desaparecer, alguien tenía que defender esta marca que hizo historia en las calles Corrientes y Lavalle, para sostener aquellos sabores del auténtico restaurante argentino, ligados a la cocina de los abuelos, la infancia y al mejor estilo casero”, explica Maidana. Y agrega: “Hacerme cargo de esta cadena fue uno de los desafíos más difíciles; por su magnitud, su estado y su complejidad. Mi objetivo primario ya fue cumplido, preservar la marca, rescatar su historia, sostener los puestos de trabajo, y seguir brindando la mejor gastronomía. Nuestra meta es clara: convertir al Palacio de la Papa Frita en una de las principales y más prestigiosas cadenas gastronómicas que reflejen el auténtico gusto porteño”, concluyó el empresario.

La cadena cuenta con un promedio superior a los 350.000 cubiertos anuales y prevé una facturación, para el primer ejercicio, superior a los 70 millones de pesos. Un futuro venturoso para el gran ícono de la mesa porteña familiar, que apunta a perdurar.

Ricardo Maidana
“El Palacio de la Papa Frita sigue siendo referencia de la gran familia argentina, y jamás perdió sus clásicos encantos, supo ser un lugar obligado para el turismo y junto al Tango, el Obelisco y el Luna Park, durante seis décadas se mantuvo como emblema de nuestro Buenos Aires”, resume Maidana.





Actualmente se puede encontrar al Palacio de la Papa Frita en estas direcciones:

Lavalle 735 (4393 5849)
Av. Rafael Obligado 6710 (4782 2221)
Av. Corrientes 1612 (4374 8063)
Laprida 1339 (4826 3151)

Web: www.elpalacio-papafrita.com.ar

El gasto promedio se calcula en $245 por persona, y se ofrece un menú ejecutivo de $140.

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Shukran, sabores árabes en Maschwitz

El Mercado de Maschwitz, ese lugar que combina gastronomía variada con antigüedades y con una arquitectura pintoresca que imita a los rincones de La Boca, incorporó hace poco una opción más a la hora de salir a comer: un pequeño restaurante de comida árabe. Se llama Shukran, vocablo que (según se explica en la carta) significa “gracias” en árabe.

La pizarra de Shukran.
La búsqueda de un lugar para ir a celebrar el día de la madre, más un atractivo 20% de descuento que ofrecía este establecimiento en su página de Facebook justo para ese día, nos convencieron para ir.

El lugar tiene como mucho unas 10 mesas, repartidas entre el salón y el patio exterior, en el que se mezclan sus dominios con los del local de antigüedades lindero.

No tuvimos problemas con la reserva, aun cuando se nos hizo tarde y llegamos bien pasadas las 14:30 (habíamos reservado para las 14); bastó con avisar que llegábamos un poco tarde para que con gran amabilidad nos dijeran: “no hay problema, los esperamos”.

La misma amabilidad encontramos luego en la atención de las mozas, que pacientemente nos explicaron la composición de los platos con nombres raros (aspecto fundamental de todo restaurante de comida exótica).

Fatay de buen tamaño.
Cuando vimos los precios en el menú nos asustamos un poco. Aclaremos, últimamente nos asustamos con los precios de casi cualquier restaurante, excepto de los muy baratos, grupo al que no pertenece Shukran. Pero como teníamos ese descuento del 20%, pudimos quedarnos y disfrutar de un buen almuerzo.

De todos modos debimos actuar con moderación para no irnos de presupuesto, para lo cual pedimos un menú degustación para 2 personas a pesar de que éramos 4; se sabe que los chicos comen poco, especialmente cuando se trata de comida exótica, por lo que supusimos que ese menú bastaría para los 4. Y supusimos bien.

kebbe, hojas de parra, kéfir y hummus.
En el menú degustación se podían elegir tres opciones frías y tres calientes de una lista de más o menos 12 preparaciones. Dejando de lado el kebbe frío por temor a la carne cruda, optamos por lo clásico: fatay, tabule, humus, hojas de parra rellenas, arroz a la persa con pollo y kebbe cocido. A esas elecciones se sumó un plus: un kéfir (yogur espeso, casi un queso crema) con panes árabes que nos fue servido sin necesidad de pedirlo. Los chicos atacaron los cuatro fatay y el kebbe (cuyo aspecto de brownie lo hacía tan agradable al paladar como a la vista), y con eso quedaron más que satisfechos. Mientras, los grandes nos concentramos en el tabule, el humus, el kéfir y el arroz a la persa.

Café a la turca.
Finalmente la degustación para 2 personas resultó tan sustanciosa que no nos quedó lugar para postre, pero sí para un café a la turca, el cual vino acompañado, a modo de yapa, con unas ricas masitas que oficiaron de postre. El café nos sorprendió gratamente con unas especias, que resultaron ser cardamomo y nuez moscada (recomendable combinación).

Gente fumando en narguile.
Una charla con el dueño nos reveló que Shukran es el emprendimiento de una familia descendiente de inmigrantes libaneses, quienes, dos generaciones atrás, trajeron a la argentina su cultura y sus exquisiteces. Los herederos mantienen fielmente esa tradición, reflejándola en sabores y aromas que trasladan al comensal a sitios distantes y exóticos.

Un detalle: vimos que unas personas, luego del almuerzo, fumaban con una de esas raras pipas árabes como las que usaban los Locos Adams; narguile, creo que se llama. No averiguamos por que no nos atrae la idea de ingerir humo en ninguna forma, pero para quien esté interesado en esos raros placeres, suponemos que Shukran también lo ofrece como valor agregado.

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Hostería Dei Bù e Bei: mi nuevo plan A en Carrasco

A veces las cosas no salen como las planeamos, sino que salen mejor. Mi experiencia saliendo a comer a la Hostería Dei Bù e Bei fue un ejemplo. A continuación, el relato.

Vengo a Carrasco con cierta asiduidad por cuestiones de trabajo, y a la hora de cenar, voy agotando las opciones cercanas al hotel donde me hospedo: La Pasiva, Restaurante García, Don Peperone, y no mucho más. Al no contar con movilidad propia (ni ganas de gastar en taxis), debo conformarme con las opciones que están sobre Av. Arocena.

Hostería Dei Bú e Bei
Entrada de la Hostería
En esta visita se me amplió un poco el panorama, ya que debí hospedarme en un hotel un poco más lejano para el lado del centro. Aprovechando este cambio de geografía quise visitar un parador que hay sobre la playa y se especializa en pescados y mariscos. Ese era mi plan A. Pero con tristeza descubrí que cerraba muy temprano, y a las 9 de la noche ya sus dueños habían cerrado el ingreso. Entonces tuve que recurrir al plan B: un lugar que me había llamado la atención por su aspecto acogedor cuando pasé por la tarde en una recorrida ciclística: la Hostería Dei Bù e Bei.

Decoración con predominio amarillo
Ya al entrar, el ambiente me recibió con los brazos abiertos: me encontré con un sitio pequeño (10 mesas, de las cuales sólo 2 estaban ocupadas), con decoración sobria (es todo muy amarillo, me pregunto por qué), una música suave, y una moza joven con una sonrisa amable que me ubicó en una cómoda mesa para uno.

Temía ver la carta y encontrarme con precios exorbitantes, pero me sorprendió lo moderado de los mismos. En las opciones había muchas variedades de pizzas (el dueño es italiano, si bien yo no calificaría a este restaurante como de cocina italiana), algunas pastas, pocas carnes y -lo que yo buscaba- pesca del día. Supuse que "pesca del día" significaba comer lo que había pescado el chef durante el día, pero no fue así. La pesca del día era una merluza azul (?) traída de Nueva Zelanda. En su impecable desempeño, la moza me explicó las opciones de salsas que podían acompañar al pescado (es que en la carta estaban en italiano, y requerían traducción). Había dos salsas con crema, que yo prefería evitar, y una cuyo nombre no recuerdo, pero que era a base de alcaparras, aceitunas y hongos. Obviamente esa última fue mi elección; una elección por demás acertada, creo.

Enorme filet de merluza azul
La merluza, tal como la misma moza la describió, parecía más bien un tiburón por su tamaño. Nunca comí un filet de merluza tan grande. Y mal que le pese a mi madre, cuyos filetes de merluza están entre los agradables recuerdos gustativos de mi niñez, creo que nunca comí uno tan rico. El acompañamiento eran unos suaves papines rústicos con apenas una rociada de aceite de oliva y ciboulette. Un plato simple, abundante y muy rico. Para acompañarlo pedí una copa de vino blanco, que por ser sólo una copa, había que conformarse con el que estuviera abierto (la moza me dijo que era un Sauvignon Blanc Salentein, o algo así) y resultó perfecto para acompañar al pescado.

No hubo espacio para postre, ya que ese gigante filet agotó mi capacidad; sólo pude sumar un pocillo de café Lavazza.

En futuras visitas a Carrasco, ya sé cuál será mi opción de preferencia para ir a cenar; aún cuando deba tomar un taxi para llegar.

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